
Mikel Labeaga//: —
Bingen Zupiria nos toma por ingenuos. ¿De verdad cree que ignoramos que toda la actuación de sus “muchachos” fue retransmitida en directo? Pretende convencernos de que lo que vieron nuestros ojos no fue real, que no fue más que una ilusión. Nos dice que respondieron a una agresión. ¿Qué agresión?
El consejero de Seguridad justifica las cargas de la Ertzaintza en el aeropuerto de Loiu apelando a un supuesto ataque previo a un agente: un simple agarre en el hombro. Y ante tal “agresión”, se desató una respuesta desmedida, brutal, impropia de un cuerpo que se presume profesional. Bendita excusa para una represión salvaje.
Siete ertzainas de baja. Como si no conociéramos ese guion. Como si no supiéramos que, por rutina, algunos acuden al ambulatorio a relatar dolencias invisibles —riñones, lumbares— imposibles de verificar, pero útiles para construir un relato. Nadie les tocó. Fueron ellos quienes golpearon, quienes descargaron su violencia contra los miembros de la flotilla, incluso cuando estos ya estaban en el suelo, indefensos, cubriéndose con los brazos ante porrazos tan innecesarios como injustificables.
No es la primera vez que sucede. Quienes hemos presenciado actuaciones similares sabemos cómo funciona: manifestantes pacíficos arrastrados, contactos accidentales convertidos en “agresiones”, y después, el desfile por el ambulatorio que legitima denuncias al amparo de la Ley Mordaza. A la vista de las imágenes de Loiu, no sería extraño que algún agente padezca ahora un esguince de hombro, fruto de tanto alzar la porra, o dolor lumbar tras inclinarse para golpear a quienes ya estaban en el suelo.
Incluso dentro del propio cuerpo policial, no han faltado voces críticas. Ertzainas jubilados han calificado la intervención de profundamente desproporcionada y poco profesional. Porque, aun en el supuesto de que hubiera existido una agresión, una policía democrática debe saber gestionar estas situaciones sin ofrecer al mundo escenas más propias de un ejército en ocupación que de un cuerpo de seguridad civil.
Quizá, para comprender lo ocurrido, haya que mirar más allá del episodio concreto y retroceder a las últimas elecciones sindicales en la Ertzaintza. Tal vez sus resultados arrojen luz sobre la evolución interna del cuerpo, sobre los cambios que lo están transformando en algo muy distinto de aquello que algunos recordaban, cuando se decía —no sin ironía— que para ingresar era necesario pasar por el batzoki.
Hoy, el sindicato que tildó de papel mojado los acuerdos con el Gobierno Vasco, sentencia con axioma inquietante: «El conflicto en la Ertzaintza no se cierra hoy, ni se cerrará hasta que alcancemos unos objetivos que ahora confirmamos que están a nuestro alcance.».
No es de extrañar. Como revelaba un artículo en Naíz, el sindicato Euspel —brazo de Ertzainas en Lucha— promociona para sus afiliados conferencias de ultraderechistas como Samuel Vázquez, flamante portavoz de Vox. Una fuente interna del cuerpo lo resume así : «En los vestuarios, antes de ponerse el uniforme, se ven muchas pulseras de banderitas españolas». No son hechos aislados. Existen también conexiones visibles con entornos como Desokupa,, Dani Esteve presenta a Otavio de Paula como «instructor jefe» de sus cursos, y en esos vídeos asoma un ertzaina ataviado con la indumentaria de la asociación ultraderechista.
Los agentes implicados en la agresión y la represión injustificada deberían ser suspendidos, y la investigación anunciada debe ser real, no un mero ejercicio de lavado de imagen. Y Bingen Zupiria debería asumir su responsabilidad política: por faltar a la verdad y por evidenciar una preocupante falta de control sobre el cuerpo que dirige.
El Gobierno Vasco, por su parte, tiene la obligación de actuar. Debe garantizar que la llamada Policía Vasca no se desvíe de los principios democráticos que deberían regirla, ni se convierta en refugio de ideologías reaccionarias ajenas a la sociedad a la que sirve.
