
Bernard Dréano /1
La guerra en Ucrania comenzó en 2014 y en su dimensión generalizada ha durado casi 58 meses, más que la Segunda Guerra Mundial. Y parece amplificarse.
En efecto, Vladimir Putin está presionando con ataques sistemáticos, en particular contra las instalaciones energéticas ucranianas, pero también un poco por todas partes, de día y de noche, para hacer que la vida de la mayoría de las y los ucranianos sea insoportable, para agotar a una población cansada. Con unas tropas que tienen mayores dificultades para progresar sobre el terreno y al precio de terribles pérdidas, obviamente quiere "hacer que se quiebre la retaguardia" este otoño y especialmente los próximos meses, cuando llegue el frío del invierno.
Putin se beneficia de un vacío táctico. La falta por parte de Ucrania de armas antimisiles susceptibles de interceptar misiles balísticos o de crucero, en particular porque los famosos (pero muy caros) Patriots, fueron asignados por los estadounidenses a su guerra contra Irán, y porque el uso de las existencias de que disponen los europeos (alemanes y holandeses) se ha mantenido “retenido”, mientras que la producción de posibles materiales de sustitución (como el SAMPT/Mamba franco-italiano) ha seguido siendo insuficiente. A esta escasez de defensa antimisiles se suma la puesta operativa de forma masiva de nuevos drones rusos de reacción Geran 4 y 5, frente a los cuales la defensa ucraniana aún no ha logrado implementar contramedidas efectivas
Es urgente para Putin obtener el máximo de efectos destructivos y sangrientos, antes de que las consecuencias de esta amplificación de la guerra se hagan sentir en el lado ruso. Los ataques ucranianos "en profundidad" son cada vez más efectivos en sectores vitales para Rusia, especialmente el energético (a pesar de los intentos de Trump de limitar estas contraofensivas ucranianas).
La guerra ya no es una molestia lejana para los rusos
El costo económico y social de la guerra se vuelve considerable, lo que socava el “consenso a través de la pasividad” que hacía que la mayoría de los rusos soportara la existencia de la guerra como una molestia que permanecía lejana. Además, está claro que las autoridades rusas tendrán que renovar las fuerzas sobre el terreno y, por lo tanto, que realizar nuevas movilizaciones de cientos de miles de rusos... A riesgo de provocar fugas masivas o posiblemente revueltas.
Es cierto que Putin también imagina que las contradicciones y grietas que se observan en Ucrania son signos de la posibilidad de un colapso político del Estado. Ciertamente, Ucrania está atravesada por problemas políticos y sociales. Lo vimos en julio con la destitución del ministro de defensa de Mykhaïlo Fedorov, las manifestaciones juveniles a su favor, su regreso a un puesto de responsabilidad, etc. Otros tantos signos de contradicciones evidentes sobre cómo defender el país, de rivalidades políticas latentes o abiertas, en un contexto de fatiga general de la población, y de dificultades cada vez mayores para el reclutamiento, lejos de las oleadas de voluntarios del comienzo de la guerra. Pero también signos de la existencia de mecanismos de debate, capacidad de manifestación y posibilidades de ajuste (que no existe en absoluto en el lado ruso), mientras que la sociedad ucraniana en su conjunto sigue dando muestras de resistencia y voluntarismo.
Una Ucrania antiautoritaria, socialista, feminista, ecologista, sindical y asociativa
Sin embargo, el gobierno ucraniano, alentado por sus partidarios occidentales, persigue una lógica neoliberal (privatizaciones, regresión de las conquistas conseguidas y de los derechos civiles y sociales, persistencia de la corrupción, etc.), que, además de debilitar la cohesión necesaria de la sociedad para resistir a la invasión, provoca reacciones y luchas (en el ámbito de la salud, el derecho laboral, la vivienda, el medio ambiente, la educación, la cultura...). Manifestaciones bastante a menudo victoriosas (recordemos la “revuelta de los carteles” contra la corrupción del verano de 2025).
La existencia y las acciones de esta Ucrania antiautoritaria y socialista, feminista y ecologista, sindical y asociativa, de defensa de los derechos y las libertades, demuestra claramente que la situación de Ucrania, incluso en una guerra total, incluso agredida, no tiene nada que ver con la de Rusia, agresiva e imperialista, violenta y fascista, en la que cualquier disputa o crítica es imposible.
¿Qué solidaridad?
Por lo tanto, se imponen varios imperativos de solidaridad.
Por supuesto, en tal contexto, es más que nunca indispensable ayudar a Ucrania a defenderse, a resistir una agresión cada día más mortífera, incluso con medios militares, capacidades de inteligencia, esfuerzos diplomáticos necesarios, incluso cuando los Estados Unidos de Donald Trump se desentienden y buscan "negociar" con Putin por encima de los pueblos.
Pero también, para quienes en Europa y en el mundo se reclaman del progresismo y el antiimperialismo, es imperativo apoyar a los movimientos ciudadanos ucranianos, transmitir sus voces, relatar sus experiencias, evitar su asfixia. También es necesario y urgente ayudar, política y concretamente, a las fuerzas rusas antiguerra, y en particular a las que se reivindican de la izquierda progresista y apoyan la resistencia de las y los ucranianos, clandestinas por necesidad en su país, y que se organizan en el exilio.
Sin embargo, estas actividades son poco transmitidas por los progresistas en el mundo, cuando no son puramente “olvidadas”, por ejemplo, por las principales fuerzas de izquierda en Francia e incluso, por desgracia, a veces abiertamente combatidas por algunas gentes “antiimperialistas” complacientes con el zar (o que están sometidos a él)…
Así, por ejemplo, escuchamos hoy (principios de otoño de 2026) al Sindicato Panucraniano de los participantes en las operaciones de combate, el personal militar y los veteranos (en Ucrania en guerra, a diferencia de Francia en paz, los soldados pueden sindicarse), decir en voz alta y clara que hay que luchar contra la corrupción en su país añadiendo: “No tenemos necesidad de otra simulación de lucha contra la corrupción, reformas fragmentarias y buenas relaciones”.
Debemos responder al llamamiento de la KVPU (la segunda mayor confederación sindical ucraniana), pidiendo “solidaridad frente a la intensificación de los ataques rusos contra las y los trabajadores, los lugares de trabajo y las infraestructuras civiles ucranianas”.
Defendemos a los presos políticos en Rusia y las campañas para su liberación (como las del matemático libertario Azat Miftakhov o del sociólogo marxista Boris Kagarlitsky).
Alertamos sobre la situación de los 16 000 ciudadanos ucranianos actualmente retenidos arbitrariamente como rehenes en Rusia, como recuerda la campaña lanzada por nuestros amigos y amigas de Por Ucrania, su libertad y la nuestra, que intentamos difundir. Sin olvidar el destino de los miles de niñas y niños secuestrados por los rusos en los territorios ucranianos ocupados...
¿Es la escalada actual el preludio de una extensión de la guerra de agresión? ¿O un preludio brutal antes de un alto el fuego (como hemos conocido en otras guerras, pero que sigue siendo muy improbable en esta etapa…)? ¿Hacia una paz duradera? Sabemos que mañana no habrá paz en la región si la ocupación persiste. Sabemos que desde Ucrania hasta Palestina, la ocupación es un crimen.
Notas
1/ Bernard Dréano es uno de los portavoces del Comité francés del RESU. Ha publicado Jours gris et nuages d’acier sur l’Ukraine, Paris, Syllepse, 2023.
Pg 5 de la revista en línea Soutien à l´Ukraine Résistante que se puede descargar en https://www.syllepse.net/syllepse_images/articles/soutien-a---lukraine-re--sistante--n-deg-51.pdf
Traducción: Faustino Eguberri
