
(M.Ugazaba)
Hay algo profundamente contradictorio en celebrar la cultura mientras se ignoran las condiciones de quienes la hacen posible. En Euskadi, esa paradoja vuelve a hacerse visible este agosto: los técnicos de espectáculos y eventos han decidido llevar su conflicto al corazón mismo de las fiestas, convocando huelgas los días 5, 14 y 26, en plena Aste Nagusia de Vitoria-Gasteiz, San Sebastián y Bilbao.
No es un gesto casual ni oportunista. Es, más bien, la consecuencia lógica de un bloqueo prolongado que revela una realidad incómoda: el sector cultural sigue funcionando sobre una base estructuralmente precaria. Dos años después de iniciarse las negociaciones del primer Convenio de Espectáculos y Eventos de Euskadi, los avances son prácticamente inexistentes. Y eso, en un ámbito que nunca antes había contado con un marco colectivo propio, resulta difícil de justificar.
La pandemia de 2020 no creó este problema, pero lo dejó al descubierto. Entonces se evidenció lo que muchos ya sabían: que detrás de cada concierto, cada festival y cada evento hay trabajadores sometidos a la temporalidad, la desregulación y la invisibilidad. La posterior creación de la patronal EUKI en 2024 y la apertura de una mesa negociadora parecían apuntar hacia una solución. Hoy, sin embargo, ese impulso inicial se ha diluido en una negociación estancada.
Los sindicatos —Teknikariok, ESK, LAB, ELA, CCOO, UGT y CNT— hablan abiertamente de “dejadez” empresarial. Y, a falta de avances, han optado por situar el conflicto donde más duele: en el desarrollo de las fiestas populares, ese escaparate donde la cultura se convierte en símbolo colectivo.
El apoyo recibido por parte de colectivos como Bilboko Konpartsak, Donostiako Piratak o Gasteizko Txosna Batzordea añade una dimensión significativa al conflicto. No se trata solo de una disputa laboral, sino de una interpelación directa al modelo festivo y cultural: ¿pueden considerarse “dignas” unas celebraciones que descansan sobre condiciones de trabajo precarias?
La respuesta de los convocantes es clara. No. Y en esa afirmación hay algo más que una reivindicación sindical: hay una crítica de fondo a la forma en que se ha gestionado históricamente el sector cultural, tratado como accesorio incluso cuando demuestra ser esencial.
Las huelgas de agosto no son, por tanto, un problema para las fiestas. Son el síntoma de uno mucho más profundo. Porque cuando la cultura se sostiene sobre la explotación, la celebración pierde parte de su sentido. Y quizá ha llegado el momento de decidir si se quiere mirar hacia otro lado o asumir, de una vez, que no hay espectáculo sin derechos.
