satorzulo gorria

Foto:Manifestación en Sevilla por el 4D como Día Nacional de Andalucía, con el líder de Adelante Andalucía en primera línea. Europa Press

Por Curro Cuberos Gallardo

Antropólogo y candidato al Congreso por Adelante Andalucía

25/10/2026 (Tomado de Publico)

En 1967, la lucha contra el racismo había conseguido avances importantes en Estados Unidos. El movimiento por los Derechos Civiles había impulsado movilizaciones históricas, que empezaban a dar frutos en avances como la Ley de Derechos Civiles (1964) o la Ley del Derecho al Voto (1965), que prohibían la discriminación racial en ámbitos como el empleo, el derecho al sufragio o el acceso al espacio público. Sin embargo, en 1967 los tribunales estadounidenses seguían recibiendo las demandas de parejas mixtas que no podían casarse porque las leyes de muchos estados seguían impidiéndolo. En ese contexto hay que entender el éxito de la película Adivina quién viene esta noche, dirigida por Stanley Kramer y estrenada en diciembre de ese año. Una película que hablaba de la incómoda situación que sufre un matrimonio blanco de progres de San Francisco cuando su hija decide presentarles al novio con el que quiere casarse, y que resulta ser negro. Y es que en la película, como en la vida misma, una cosa es celebrar los derechos de los grupos subalternos en abstracto, y otra cosa es reconocerlos como iguales en la práctica, es decir: reconocer su derecho a ejercer por sí mismos y sin tutela.

Me viene a la cabeza esta película al contemplar en estos días la incómoda irrupción de la izquierda soberanista andaluza en el debate político español. Los ocho parlamentarios obtenidos en las elecciones autonómicas del pasado mes de mayo anuncian la posibilidad de que se vuelva a escuchar en el Congreso a diputados andaluces sin obediencia debida a Madrid. Y claro, una cosa es celebrar que los andaluces tengan su propia identidad cultural y su propia identidad histórica, y otra cosa es que pretendan ejercer su identidad política. Desde el momento en que un sector de la sociedad andaluza plantea en serio que hay que hablar sobre Andalucía y tomar decisiones desde Andalucía, los ataques no se han hecho esperar desde todos los frentes. Y es que todos, hasta la izquierda más progre, consideran maravilloso que Andalucía brille donde haga falta, menos en la toma de decisiones políticas. Como los padres de la protagonista de la película, que celebraban que hubiera un médico negro hasta que les decían que ese hombre quería casarse con su hija.

Las prioridades que nunca tocan

La derecha y la ultraderecha, indistinguibles hoy en España, siempre han pensado Andalucía como tierra conquistada: una suerte de extensión de Castilla cuya identidad se tiene en cuenta, como mucho, para adornar los bailes patrios en Eurovisión. Pero la izquierda española sí vive una contradicción importante con la izquierda soberanista andaluza. Efectivamente, es muy difícil reconocer la identidad política de los vascos, los gallegos o los catalanes sin reconocer la de un pueblo andaluz que se la ganó en la calle, a pulso, un 4 de diciembre y con todo un régimen a la contra. Y es inevitable reconocer la urgencia de los problemas de una sociedad andaluza que, tras un siglo y medio de construcción como periferia del Reino, alberga sistemáticamente los datos más sangrantes de paro, pobreza, precariedad y desigualdad. Todos coinciden en la importancia de abordar estos problemas. Sin embargo, ahora la irrupción de la izquierda soberanista resulta incómoda porque ahora, justo ahora, hablar de Andalucía no toca.

Por lo visto ahora toca que los andaluces esperemos hasta que derrotemos a la derecha. Los andaluces debemos esperar a que la izquierda española resista en el gobierno. Los andaluces debemos esperar, probablemente, a que esa izquierda española resuelva una serie de problemas materiales urgentes -vivienda, trabajo digno, y tal vez hasta renta básica universal- antes de poner sobre la mesa que vivir en Andalucía significa vivir en peores condiciones, y que eso se explica por razones políticas. El andalucismo padece, en definitiva, el mismo destino trágico que sufre el feminismo: que todos reconocen que existe un problema importante, pero todos coinciden siempre en que debe esperar a que antes se resuelva algo más urgente.

En efecto, parece que parte de la izquierda española se encuentra especialmente incómoda ante la irrupción de la izquierda soberanista andaluza. El tono paternalista con que hasta hace poco se invitaba al andalucismo a plegarse al barco grande de la izquierda se reformula cada vez más con agresivas acusaciones de insolidaridad y egocentrismo, en la medida en que la propia izquierda española hace aguas y empieza a temer en serio la pérdida de su último gran granero de votos en el sur. Estas acusaciones tienden a representar el soberanismo como una especie de desviación burguesa, incidiendo en la supuesta necesidad de aparcar la cuestión andaluza para poder hablar de desigualdades y justicia social. Un argumento falaz que no resiste una mínima crítica.

Todos somos soberanistas

En el discurso, la izquierda española siempre camufla su condición de española en una vaga alusión a un internacionalismo indefinido, como si su apuesta política fuese que el ejercicio práctico de la soberanía se ejecutara en un consejo obrero universal, y no en Madrid. El problema es que en la práctica todos somos soberanistas: todos asumimos un lugar como espacio legítimo de decisión política. La izquierda española representa hoy un proyecto político que, una vez desvestido de adornos folklóricos, se reduce a sostener al PSOE en el gobierno para gestionar desde Madrid las herramientas institucionales del régimen del 78. Cualquier pretensión de superar ese régimen, de cuestionar la Unión Europea o de confrontar en serio a los grandes poderes que determinan la vida de la gente real -FMI, BM, etc.- quedó enterrada en nombre del pragmatismo de “resistir a la ultraderecha”. Es decir: de recolectar todos los votos posibles para seguir gestionando el mismo sistema agotado cuya quiebra está engordando a la ultraderecha como refugio identitario.

El problema es que este planteamiento político permite esquivar el debate sobre la soberanía, pero no sus efectos. En la práctica, esa apuesta política es transigir con que la soberanía -es decir: la capacidad de decisión real- siga siendo negociada desde Madrid con bancos, fondos de inversión y lobbies de especuladores cada vez más influyentes. Frente a esa situación, cada vez más gente ha entendido que cualquier posibilidad de construir una sociedad más justa pasa por devolver el protagonismo a la gente. Pero no a la gente en su condición abstracta de “ciudadanos”, sino a los pueblos organizados en defensa de sus derechos. Así lo han entendido en otras naciones periféricas del Estado español, donde la construcción de una izquierda apegada al territorio y la reivindicación del derecho a decidir permite interpelar a la mayoría social y organizarla frente al desencanto. No por casualidad ésa es la izquierda emergente: la única izquierda que crece y la única izquierda que parece contener a la ultraderecha. Y así lo están entendiendo cada vez más andaluces. En un mundo donde las decisiones que nos afectan son tomadas cada vez más lejos de nuestra tierra, reivindicarnos como pueblo no solo es compatible con ser de izquierdas: es el punto de partida de cualquier proyecto de izquierdas.

Un horizonte posible

Todo parece indicar que la izquierda soberanista andaluza estará presente en el Congreso de los Diputados. Su incómoda irrupción no solo prestará una voz libre para exponer los problemas de Andalucía: permitirá replantear por completo el debate sobre el modelo territorial, donde por primera vez habrá que escuchar al pueblo más perjudicado de todos en todos los indicadores socioeconómicos.

Por primera vez en mucho tiempo, los representantes de la izquierda soberanista andaluza tendrán la posibilidad de poner los problemas de nuestra tierra en el centro del debate político. Será su responsabilidad aprovechar la ocasión. Personalmente creo que aquí se abren dos caminos posibles. Uno es usar el Congreso como un mero altavoz en el que repetir la gravedad de nuestros problemas. El otro, más interesante en mi opinión, es usar ese altavoz para visibilizar los límites del sistema institucional que tenemos para darle respuesta, y para reivindicar herramientas de soberanía política que nos permitan profundizar en nuestra capacidad de decidir democráticamente sobre nuestros problemas. Cuanto más se avance en este segundo objetivo, mejor será para Andalucía. Y por tanto, más ataques despertará de quienes no adivinaron quién viene esta noche.

https://www.instagram.com/joseigs_?obrf=OTJxYTl1aWRmaXI1&utm_source=qr