En las últimas semanas, el líder de la izquierda abertzale, Arnaldo Otegi, ha vuelto a insistir públicamente en la necesidad de conformar una candidatura nacional desde Hego Euskal Herria de cara a las próximas elecciones generales. La propuesta, sin haber provocado un terremoto político ni una gran repercusión mediática, merece sin embargo una reflexión serena y rigurosa desde los sectores críticos de la izquierda del país. No tanto por su novedad, sino por lo que revela acerca de una deriva estratégica que viene consolidándose desde hace años.
Esta iniciativa se produce en un contexto en el que la izquierda abertzale, en su progresiva orientación gobernista, ha optado por disputar al PNV el centro político y el espacio de la gobernabilidad. Cuando una fuerza política sitúa como eje central de su estrategia el acceso al gobierno y la gestión de las instituciones de una democracia liberal, asume inevitablemente la necesidad de competir por sectores de la pequeña burguesía y del llamado centro sociológico. Ese desplazamiento no es neutral ni meramente táctico. Tiene consecuencias profundas sobre el discurso, las alianzas y, sobre todo, sobre el horizonte político que se ofrece a la sociedad.
Lo que resulta problemático no es únicamente ese movimiento hacia el centro, sino la pretensión de sostener un doble discurso. Por un lado, una retórica de radicalidad que remite más a una identidad histórica que a un proyecto de ruptura real. Por otro, una práctica política cada vez más anclada en el posibilismo y en la aceptación de los límites estructurales del régimen. No se puede reivindicar una tradición de confrontación con el sistema mientras se asume como marco inamovible la gestión de un entramado institucional diseñado para garantizar la estabilidad de una democracia liberal al servicio del capital. En ese camino, el horizonte deja de ser la transformación social y pasa a ser la administración de lo existente, gestionando más el no se puede que el sí se puede.
Si la estrategia de la izquierda abertzale apunta hacia una suerte de proceso soberanista a la vasca, articulado en un frente nacional interclasista junto al PNV, sería necesario un ejercicio de claridad política mucho mayor, tanto con sus propias bases como con el conjunto de la sociedad de Hego Euskal Herria. Lo mismo cabe decir si, en lugar de disputar la hegemonía al nacionalismo conservador, se asume con comodidad un escenario de coaliciones estables a la alemana. La ambigüedad estratégica puede ser rentable a corto plazo, pero acaba erosionando la credibilidad de cualquier proyecto que se reclame transformador.
Es innegable el giro que ha experimentado la izquierda abertzale en los últimos años, y lo que más llama la atención no es tanto la dirección del cambio como la velocidad con la que se ha producido. En poco más de una década ha pasado de gestionar las profundas contradicciones derivadas de un conflicto armado aún presente en la vida política del país, a convertirse en el socio más dócil y permisivo del Gobierno español. De cuestionar la legitimidad de las instituciones del Estado a acudir con normalidad a La Moncloa, de denunciar el régimen a aprobar presupuestos generales que incluyen partidas para Defensa o para los cuerpos de seguridad, sin apenas tensión política ni exigencias sustantivas. Todo ello mientras otras fuerzas, con muchas menos pretensiones rupturistas, logran arrancar concesiones parciales o, al menos, marcar líneas rojas.
Cabe preguntarse si esta actitud responde a una estrategia de medio y largo plazo orientada a romper el histórico binomio PNV-PSOE que ha controlado las principales instituciones del país durante décadas. No es un escenario menor. Una eventual alianza entre EH Bildu y el PSOE podría otorgar a la izquierda abertzale el control del Gobierno Vasco, entrar en el Gobierno de Navarra, liderar las diputaciones forales y las principales alcaldías, desplazando al PNV a una posición secundaria. Sin embargo, el problema no es llegar a las instituciones, sino cómo se llega y para qué se llega.
Cuando la obsesión por gobernar conduce al abandono de cualquier perspectiva de ruptura con el sistema, el resultado es una izquierda que gestiona políticas liberales desde instituciones concebidas para reproducir el poder de las élites económicas. No solo no se transforma la sociedad, sino que ni siquiera se garantiza una mejora sostenida de las condiciones materiales de la mayoría social. Se perpetúa así un orden profundamente injusto, mientras se desactiva la capacidad de conflicto y de movilización popular.
En este contexto, y dada la progresiva institucionalización de la izquierda abertzale, era solo cuestión de tiempo que comenzaran a producirse desgarros y escisiones en su propio mundo sociológico. Procesos de este tipo no son una anomalía, sino una consecuencia lógica cuando una fuerza política que nació en clave de confrontación y ruptura inicia un viaje sostenido hacia la moderación y la gestión del orden existente. Resulta todavía más comprensible que estos cuestionamientos emerjan, en primer lugar, desde los sectores juveniles, históricamente más sensibles a las dinámicas de desmovilización, a la renuncia estratégica de ruptura y a la pérdida de horizontes transformadores.
El surgimiento de GKS y, posteriormente, del Mugimendu Sozialista y su coordinadora EHKS debe leerse en ese marco. No como un fenómeno exótico o puramente sectario, sino como una respuesta política −acertada o no− a un vacío percibido en el campo de la izquierda. Era previsible que estos espacios arrancaran desde posiciones herméticas, marcadas por una fuerte autoconstrucción organizativa y por un discurso anclado en un marxismo de corte ortodoxo. Cuando el objetivo es la ruptura, el purismo discursivo inicial suele funcionar como mecanismo de afirmación identitaria y de delimitación frente a un ecosistema político percibido como integrado en el sistema.
Ese énfasis en que «todo pasa por el partido» tampoco surge en el vacío. En Euskal Herria, si las instituciones están diseñadas a imagen y semejanza del PNV, los movimientos sociales han estado históricamente, en gran medida, bajo la órbita de la izquierda abertzale. En parte por mérito propio, fruto de décadas de trabajo de base, implantación territorial y militancia sostenida; y en parte también por una estrategia consciente de cooptación, control y dirección política de esos movimientos. Desde esa realidad, no resulta extraño que nuevas corrientes revolucionarias desconfíen de los espacios existentes y opten por construir estructuras propias al margen de lo que consideran un entramado ya domesticado.
Ahora bien, también es necesario señalar con claridad los límites de una estrategia en la que todo queda supeditado al partido como sujeto exclusivo de transformación. Para que una vía de ese tipo pueda fructificar se requieren condiciones que hoy no existen: un apoyo social amplio y mayoritario, un partido de masas con miles y miles de militantes, un control efectivo y profundo del movimiento obrero organizado, sindicatos fuertes y combativos, y una capacidad real de penetración en capas sociales muy diversas. Nada de eso se da actualmente en Euskal Herria, ni en términos cuantitativos ni cualitativos.
Este debate no es nuevo. Ya en la primera mitad del siglo XX, figuras como Antonio Gramsci y Amadeo Bordiga expresaron posiciones profundamente divergentes sobre la relación entre partido, masas y proceso revolucionario. Y la experiencia histórica posterior ha demostrado que, si el objetivo es una transformación sólida y duradera de la sociedad, la clave no reside únicamente en la toma del poder político, sino en la disputa por la hegemonía. En la batalla cultural, en el sentido común, en los valores compartidos y en la construcción de consensos sociales amplios en torno a un proyecto emancipador. Sin esa victoria previa o simultánea en el terreno de la hegemonía, los cambios se revelan frágiles, reversibles o directamente inviables.
En este contexto, la tarea fundamental pasa por recuperar la pedagogía política, el análisis estratégico y la reflexión colectiva sobre el rumbo de la izquierda en Euskal Herria. Pero esta reflexión no puede resolverse ni en el institucionalismo acrítico ni en repliegues dogmáticos de inspiración paleomarxista. Por eso no se trata de negar las instituciones, pero tampoco de entrar en ellas para acabar domesticados por su lógica burocrática y de desgaste. Romper con el fatalismo de que nada puede cambiar es hoy una tarea urgente, más aún cuando la extrema derecha demuestra que es capaz de llegar al poder y aplicar su agenda sin complejos.
El cambio social exige un trabajo paciente de formación política, militancia de base y construcción colectiva. Exige articular organizaciones, partidos, sindicatos, movimientos sociales y tejido comunitario capaces de disputar las políticas y los discursos dominantes desde frentes amplios y unitarios. Todo ello en un contexto global marcado por una creciente polarización, por dinámicas de imperialismo renovado y por una ofensiva reaccionaria que ya se expresa en clave belicista y autoritaria.
Pensar la transformación únicamente desde el eje nacional es hoy insuficiente. Las experiencias históricas recientes muestran cómo incluso procesos radicales pueden ser neutralizados si no cuentan con alianzas internacionales y con correlaciones de fuerza favorables más allá de sus fronteras. De ahí la necesidad de reivindicar una izquierda soberanista e internacionalista al mismo tiempo, que exija el derecho a decidir del pueblo vasco y que, desde una perspectiva confederal, entienda la lucha como un proceso compartido con otros pueblos, tanto a nivel estatal como internacional.
Una izquierda que hable sin complejos de programas de transición, de planificación económica democrática, de socialización de sectores estratégicos. Porque también las derechas y el neoliberalismo planifican. Planifican cómo concentrar más capital, cómo militarizar las sociedades y cómo desmantelar derechos. Frente a ello, solo cabe una alternativa que ponga en el centro las necesidades de la mayoría social.
Esa izquierda solo puede construirse desde abajo, desde los movimientos populares, las asambleas barriales, el trabajo cotidiano con la gente común. Desde una mediación política capaz de articular la diversidad en torno a un proyecto común de transformación radical. Una unidad construida desde la pluralidad, orientada a un cambio de 180 grados que sitúe la vida, los cuidados y la justicia social en el centro de la toma de decisiones.
En definitiva, una izquierda alternativa, ecosocialista, feminista y anticapitalista. Una izquierda que no deje a nadie atrás, que combata el machismo con más feminismo, el racismo con más antirracismo y solidaridad con las personas migrantes, el extractivismo con una transición ecológica justa que no cargue el peso del cambio sobre la clase trabajadora. Una izquierda dispuesta a confrontar a la extrema derecha y al monstruo capitalista en todas sus formas, hoy más agresivo y decidido que nunca.
Porque seguimos siendo más. Y porque, en tiempos como estos, organizarse no es una opción, sino una necesidad histórica.

El líder de EHBildu, Arnaldo Otegi, canta el ‘Eusko gudariak’ en el acto organizado por la izquierda ‘abertzale’ en Pamplona.ARABA PRESS[/caption]