
15/10/2026
(M.Labeaga)
La unidad no se negocia en los despachos: se construye desde abajo
Contra el culebrón de los sillones, el miedo como programa político y una izquierda que ha olvidado para qué existe..
El culebrón de los sillones
La izquierda situada a la izquierda del PSOE vuelve a ofrecernos el mismo espectáculo: reuniones discretas, declaraciones cruzadas, filtraciones favorables y negociaciones sobre quién encabezará las candidaturas y cuántos puestos corresponderán a cada organización. El Frente Amplio, Podemos, Rufián y las distintas familias de la izquierda institucional protagonizan un culebrón en el que se habla mucho de unidad, pero apenas se discute qué hacer con ella..
La pregunta sigue siendo la misma.: ¿unidad para qué, con quién y al servicio de quién?
Porque la unidad no es un fin en sí mismo. No consiste en sumar siglas, repartir puestos y fabricar una candidatura con la esperanza de arañar unos cuantos escaños. Mucho menos en movilizar a la gente mediante el miedo a que ganen el PP y Vox, como si la única tarea de la izquierda fuera impedir que gobiernen otros mientras se acepta, como mal menor permanente, que las cosas sigan esencialmente iguales..
La unidad que necesitamos es otra. Una unidad que nace de las necesidades de la clase trabajadora, que se construye desde abajo, que se decide colectivamente y que tiene vocación de permanencia. Una unidad capaz de preparar las próximas luchas, no de disolverlas en la próxima campaña electoral..
No necesitamos una unidad para sobrevivir electoralmente. Necesitamos una unidad para transformar la realidad..
El miedo como programa político
El argumento que se repite es conocido: si no nos unimos, ganará la derecha; si criticamos a unos, favorecemos a otros; si cuestionamos a quienes gobiernan, dividimos a la izquierda. Y así, año tras año, el miedo termina sustituyendo al debate político, la disciplina electoral ocupa el lugar de la participación y cualquier exigencia de ruptura se presenta como una irresponsabilidad..
El antifascismo es una necesidad política y social. Pero combatir a la extrema derecha no puede reducirse a pedir el voto contra ella cada cuatro años. Hay que disputarle sus bases sociales, combatir las condiciones materiales que alimentan la desesperación y construir una alternativa que devuelva a la gente la confianza en su propia capacidad para cambiar las cosas..
Porque el miedo puede llevar a votar una vez, pero difícilmente construye un movimiento duradero. Puede contener temporalmente una derrota electoral, pero no organiza a quienes sufren alquileres abusivos, salarios insuficientes, precariedad, desahucios y servicios públicos deteriorados..
Y cuando la izquierda pide una y otra vez que se vota por miedo, sin ofrecer una perspectiva de transformación, termina contribuyendo a la desmovilización que dice combatir. La desafección popular no aparece de la nada: se alimenta de las promesas incumplidas, de las expectativas frustradas y de una política que pide paciencia a quienes no pueden llegar a fin de mes..
La mejor manera de frenar a la derecha no es pedir a la gente que se conforme con lo existente, sino demostrar que merece la pena luchar por algo distinto..
Gobernar no es transformar
Buena parte de quienes hoy se presentan como arquitectos de la nueva unidad han participado durante años en gobiernos estatales y autonómicos. Han tenido ministerios, presupuestos, capacidad legislativa y presencia institucional. Sería absurdo negar los avances obtenidos en determinadas materias, como las subidas del salario mínimo o algunas medidas de protección social. Pero también sería irresponsable convertir esos avances en una coartada para no examinar los límites de aquella experiencia..
La reforma laboral mantuvo elementos centrales de la legislación anterior y fue pactada con la patronal. Los beneficios de la banca y las grandes energías siguieron creciendo mientras millones de personas afrontaban el encarecimiento de la vida. El acceso a la vivienda continuó deteriorándose. La Ley Mordaza no fue derogada, los CIE siguieron abiertos y la gestión de la frontera de Melilla en junio de 2022 dejó una herida política y humana que no puede despacharse con declaraciones de preocupación. Y hubo decisiones, como el giro del Gobierno español sobre el Sáhara Occidental, que mostraron hasta dónde podía llegar la subordinación a las prioridades de la política gubernamental..
La cuestión no es negar cada medida positiva ni sostener que todas las responsabilidades sean idénticas. La cuestión es otra: ¿qué capacidad tuvo aquella izquierda para modificar las relaciones de poder, ampliar la organización popular y preparar a la sociedad para conquistar nuevos derechos?
Si la presencia en las instituciones no sirve para fortalecer la capacidad de lucha de quienes están fuera de ellas, el horizonte termina estrechándose hasta confundirse con la gestión de lo posible. Esa es una de las grandes derrotas políticas de estos años: que la esperanza depositada en el cambio haya convivido con la consolidación institucional de Vox, el crecimiento de los discursos reaccionarios y el alejamiento de sectores populares de la política organizada.
La extrema derecha no se combate únicamente desde un ministerio ni se derrota con una coalición electoral. Se combate también en los centros de trabajo, en los barrios, en los centros educativos y en cada espacio donde se disputan las condiciones de vida y el sentido común colectivo...
Frente Amplio y Podemos-Rufián: ¿proyecto político u operación electoral??
Los debates sobre las nuevas fórmulas de unidad parecen girar, una vez más, en torno de las candidaturas, los liderazgos y las posibilidades de entrar en un futuro Gobierno del PSOE...
Las declaraciones de dirigentes como Antonio Maíllo sobre su disposición a participar en un próximo Gobierno, antes incluso de que exista un proyecto político ampliamente debatido y construido desde abajo, plantean una cuestión de fondo: ¿se pretende levantar una alternativa capaz de condicionar y transformar la política institucional, o construir una nueva fórmula para integrarse en ella??
No es una diferencia secundaria. Es la diferencia entre organizar una fuerza social con autonomía política y preparar una candidatura cuya razón de ser termina siendo negociar su presencia en el Gobierno...
La unidad sin programa es una invitación a aplazar los conflictos. La unidad sin participación es una negociación entre aparatos. Y la unidad sin autonomía frente al PSOE corre el riesgo de convertirse en muleta parlamentaria de las mismas políticas que dice querer superar.
No basta con cambiar los nombres, renovar los carteles o presentar un liderazgo distinto. Si se mantienen los mismos métodos, las mismas prioridades y la misma dependencia electoral, el resultado difícilmente será diferente.
La pregunta decisiva no es quién encabezará la candidatura, sino qué decisiones podrán tomar la gente organizada, qué compromisos serán exigibles a sus representantes y qué ocurrirá cuando las necesidades populares choquen con los límites impuestos por el Gobierno, la patronal o las instituciones europeas..
Andalucía y la doble vara de medir
Las contradicciones se hacen todavía más evidentes cuando se aborda la pluralidad nacional del Estado.
La crítica de Antonio Maíllo a Adelante Andalucía por defender una candidatura propia obliga a preguntar por qué lo que se considera legítimo para Euskal Herria, Catalunya o Galiza se convierte en un problema cuando lo plantea una fuerza andaluza.
¿Por qué la defensa de una voz política propia puede entenderse como una expresión legítima de la diversidad en unos territorios y como una amenaza a la unidad en otros??
Andalucía tiene una historia de luchas jornaleras y obreras, y una tradición de andalucismo popular que merece respeto político. Negarle la posibilidad de construir una representación propia mientras se aceptan otras realidades territoriales revela una contradicción difícil de justificar...
La diversidad no puede defenderse únicamente cuando no pone en cuestión los equilibrios internos de una organización. Si la autonomía de unos se reconoce y la de otros se combate, la supuesta defensa de la pluralidad queda reducida a los intereses electorales de cada territorio..
No se trata de convertir cada diferencia en una frontera ni de renunciar a los proyectos comunes. Se trata de construirlos desde el reconocimiento mutuo, sin subordinaciones ni dobles varas de medir.. La unidad que merece ese nombre no exige uniformidad: exige acuerdos libres entre quienes deciden caminar juntos.
La Puerta del Sol: una lección que no deberíamos olvidar
Hay una experiencia que la izquierda institucional parece haber olvidado demasiado pronto: la de las plazas del 15M, o la Puerta del Sol como imagen más emblemática actual.
Aquello no nació de un acuerdo entre direcciones partidarias para repartir candidaturas. Nació de una indignación social que encontró en la ocupación de las plazas, las asambleas abiertas, el debate colectivo y la participación directa una forma de expresarse y de organizarse..
Con todos sus límites, contradicciones y dificultades, aquella experiencia mostró algo fundamental: miles de personas podían reunirse, discutir sus problemas, cuestionar a las instituciones y descubrir que la política no tenía por qué ser un asunto reservado a profesionales y dirigentes. La asamblea no era un decorado para legitimar decisiones tomadas de antemano: era el espacio donde las diferencias podían expresarse, los acuerdos construirse y las decisiones someterse a discusión colectiva..
De aquella experiencia no se deduce que debamos repetir mecánicamente sus formas. La sociedad ha cambiado y los movimientos también. Pero sí podemos recuperar una enseñanza esencial: ninguna unidad será sólida si quienes deben sostenerla solo son convocados para aplaudir, manifestarse o votar cuando las direcciones lo consideren oportunas..
La unidad necesita asambleas en los barrios, en los centros de trabajo, en los pueblos y en las universidades. Necesita espacios donde participen organizaciones políticas, sindicatos, movimientos sociales, colectivos de vivienda y personas sin afiliación. Necesita delegados elegidos democráticamente, mandatos claros, rendición de cuentas y capacidad real para revocar lo que no responde a lo acordado..
Y necesita tiempo. No puede improvisarse unas semanas antes de las elecciones, ni desaparecer cuando termine el recuento. Tiene que construirse en el conflicto cotidiano: en las huelgas, en las campañas contra los desahucios, en la defensa de los servicios públicos y en todas las luchas que permitan unir a quienes hoy se encuentran dispersos..
La unidad no se anuncia en una rueda de prensa. Se demuestra cuando hay que organizar una huelga, sostener una caja de resistencia, defender a una familia amenazada de desahucio o mantener una movilización cuando los focos mediáticos ya se han apagado..
Un programa para luchar, no un catálogo de promesas.
Construir esa unidad exige hablar de medidas concretas, pero también de quién tendrá la fuerza necesaria para hacer las realidad. Necesitamos un programa que incluya, como mínimo:
- vivienda: ampliación masiva del parque público, regulación efectiva de los alquileres y garantías para que nadie pierda su hogar sin una alternativa digna.
- trabajo: reducción de la jornada sin pérdida salarial, salarios que permiten vivir, empleo estable y fortalecimiento de la negociación colectiva.
- riqueza: una fiscalidad progresiva que alcance de verdad a las grandes fortunas, la banca y las grandes corporaciones; control público de los sectores estratégicos y defensa de unos servicios públicos universales.
- Derechos y libertades: derogación de la Ley Mordaza, cierre de los CIE, regularización y defensa efectiva de los derechos de las personas migrantes.
- pluralidad nacional: reconocimiento de la diversidad nacional y del derecho de los pueblos a decidir su futuro, sin privilegios ni excepciones según la conveniencia electoral.
- Democracia desde abajo: asambleas abiertas, decisiones transparentes, candidaturas sometidas a mandatos colectivos y representantes que rindan cuentas ante quienes les han elegido.
Pero un programa escrito no basta. Hay que decidir cómo se va un defensor, qué movilizaciones permitirán conquistarlo y qué ocurrirá si quienes lo suscriben llegan a las instituciones y después renuncian a cumplirlo..
La fuerza de una alternativa no puede medirse únicamente por sus escaños. También debe medirse por el número de personas organizadas, por su capacidad para sostener conflictos, por la solidaridad que genera y por su autonomía frente a los poderes económicos y políticos..
Las elecciones pueden ser una herramienta importante. Lo que no pueden ser es el principio y el final de toda la actividad política.
Unidad para las próximas luchas, no solo para las próximas elecciones
La izquierda necesita dejar de comportarse como si cada convocatoria electoral fuera de una emergencia que obliga a suspender cualquier discusión de fondo. Si cada cuatro años volvemos a empezar desde cero, si cada derrota se responde con una nueva marca, un nuevo liderazgo o una nueva marca, el problema no es de formas: es de fondo.
Una izquierda que solo sabe pedir voto termina pidiendo perdón. Una izquierda que solo ofrece miedo termina gobernando con el miedo de otros. Y una izquierda que solo se une para entrar en los despachos acaba confundiendo las instituciones con el poder..
La unidad que necesitamos no caerá del cielo ni saldrá de una rueda de prensa. Se construirá en los barrios, en los centros de trabajo, en las plazas y en cada lucha que hoy resiste casi en silencio. Se construirá discutiendo, discrepando, decidiendo juntos. Se construirá, en definitiva, desde abajo.
Por eso la pregunta sigue en pie: ¿De qué unidad me hablan?
Hasta que la respuesta comience por las asambleas, por los conflictos reales y por un programa de transformación, seguiremos preguntando. No por gusto de molestar, sino porque la unidad de verdad —la que se construye desde abajo— es la única que puede ganar algo más que unas elecciones.
