
Manon Boltansky//
Desde 2022 y la invasión de Ucrania por parte de Rusia, circula la idea de un “regreso de la guerra” en Europa: pero esta forma de presentar las cosas es muy eurocéntrica: las guerras ya están aquí y desde hace mucho tiempo. Ni el 24 de febrero de 2022, fecha de la invasión de Ucrania por parte de Rusia, ni el 7 de octubre de 2023, cuando Gaza estalló, marcan el comienzo de una nueva era: son solo los episodios más recientes de un mundo moldeado por el imperialismo, la colonización y la competencia entre potencias imperialistas.
Nos enfrentamos a una paradoja. Las y los marxistas han teorizado mucho sobre la guerra y el imperialismo a partir de contextos muy precisos e históricos: por lo tanto, tenemos una amplia tradición que movilizar para pensar en la guerra, y al mismo tiempo, para las y los activistas franceses en particular, la cuestión de la guerra y su enfoque concreto parecen lejanos, en ambos sentidos de la palabra, intelectual y geográficamente. Y por hablar solo de mí, viniendo de una familia muy marcada y perseguida por el recuerdo de la Segunda Guerra Mundial, las representaciones que me hacía de un país en guerra antes de ir a Ucrania estaban obviamente muy alejadas de la realidad.
Algunos principios que son importantes de recordar
En primer lugar, ¿qué es la guerra? Una lucha armada entre Estados. Frente a la guerra, nos afirmamos ante todo como internacionalistas, es decir, que estamos a favor de la apertura y la abolición de las fronteras y que consideramos que solo uniéndonos por encima de ellas y como clase podremos poner fin a este sistema. Esto es lo que sintetiza la famosa fórmula de Flora Tristán, retomada posteriormente en el Manifiesto del Partido Comunista “Proletarios de todos los países, uníos”.
Ser internacionalista es rechazar las fronteras y las jerarquías entre los pueblos. Se parte de la idea de que solo la unidad de los explotados, “por encima de las naciones”, podrá derrocar este sistema. Y, sin embargo, la idea de una “unidad” por encima de las naciones no es algo evidente en el contexto de las rivalidades imperialistas. La autodeterminación de los pueblos sigue siendo, sin embargo, un principio central: cada pueblo debe poder decidir libremente su destino, sin tutela imperial ni ocupación. Este derecho, que inspiró las luchas anticoloniales del siglo XX, que está inscrito en la Carta de las Naciones Unidas y que es cercano a la afirmación de la legitimidad de las reivindicaciones nacionales en Lenin, debe seguir siendo nuestra brújula política.
A partir de ahí, debemos preguntarnos: ¿cómo construir nuestro análisis y cuáles son las tareas que se derivan de él para las y los internacionalistas?
Ucrania, Palestina: rechazar los campismos
Entre los dos frentes más visibles de los últimos años, Ucrania y Palestina, la izquierda radical sigue dividida. Algunas corrientes, desde LFI hasta Lutte ouvrière, describen la guerra que Rusia libra contra Ucrania como un enfrentamiento entre imperialismos equivalentes. Otros dudan en apoyar plenamente la resistencia palestina, temiendo ser acusados de antisemitismo o ser identificados como favorables a Hamás.
El NPA (Nuevo Partido Anticapitalista), por su parte, se esfuerza por cumplir en ambos casos: apoyar todas las resistencias a la opresión, ya sean palestinas, ucranianas, saharaui o kanak y muchas otras. Ser internacionalista es estar en contra de todos los imperialismos -ruso, estadounidense, europeo o israelí- y contra el campismo que busca un “enemigo principal” y que olvida el resto.
De la misma manera que nosotras y nosotros, activistas en las potencias imperialistas dominantes, a menudo no conocemos nada del Oriente Medio, parece que a menudo conocíamos aún menos de Europa del Este y su historia. Paradójicamente, hay activistas que parecen hacer de esta ignorancia una virtud: como si la teoría no pudiera sufrir la confrontación con lo real. Cuando hablamos de Ucrania, Kurdistán, Palestina o el Sáhara Occidental, todavía necesitamos mapas ante nuestros ojos para poder ubicarlos. El hecho de no conocer ni a las personas, ni a las fuerzas políticas presentes, ni su historia, nos permite con una facilidad inconsciente hablar de estas sociedades negando su capacidad de pensar, actuar y cambiar el mundo.
Oponerse al paternalismo occidental
A los pueblos dominados se les niega con demasiada frecuencia su capacidad para actuar y pensar. Exigimos “víctimas perfectas” para justificar nuestro apoyo: demócratas, laicos, no violentos… Pero nuestra solidaridad no es condicional. Apoyamos las resistencias al colonialismo y al imperialismo y no a una causa humanista que satisfaga nuestra moral, y de hecho tampoco podemos leer solo las acciones de resistencia en función de sus consecuencias como apoyo y comentarista externo. Hamás es en Palestina un elemento determinante de la resistencia y ha sido elegido, mientras que en Ucrania es un líder liberal quien ha sido elegido, y quien está bajo la presión de los imperialismos occidentales.
No queremos liberar a los pueblos en su lugar, queremos apoyarlos para que puedan liberarse a sí mismos y así liberarnos con ellos: la emancipación viene en primer lugar de las y los concernidos por y para ellos mismos. Estas luchas de liberación también nos liberan: y para entenderlo, debemos romper con el universalismo occidental para el que el colonialismo es una forma de excepción que sería contradictoria con los valores democráticos de Occidente. Por el contrario, el colonialismo está en el corazón del advenimiento del capitalismo y de la explotación que ha permitido el desarrollo de las “sociedades democráticas” occidentales.
Desde Ucrania hasta Palestina, las lógicas coloniales son similares: ocupación militar, anexión, deportaciones, destrucción de la sociedad civil. Estas luchas también son antifascistas. Putin y Netanyahu llevan a cabo proyectos autoritarios y racistas, que amenazan la democracia y los derechos de los pueblos en toda la región.
Operaciones coloniales en Ucrania
Hay que aprender a identificar proyectos coloniales cuando los vemos: la propaganda de Putin pretende decir que no hay pueblo ucraniano, que solo hay un conflicto entre rusos. La versión más cruda de este discurso es hoy que Ucrania no tendría historia, o que su historia es inferior a la de la “gran Rusia”. Esta teoría es también la que subyace y justifica la rusificación forzada en los territorios ocupados y la existencia de derechos diferenciales entre ucranianos y rusos para empujarlos a tomar el pasaporte ruso.
La “pasaportización” es hacer que las y los habitantes de los territorios ocupados sean extranjeros en su propio territorio. En primer lugar, es la multiplicación de los puestos de control y fronteras mantenidos por soldados rusos, con todas las amenazas que implica una presencia militar en estas zonas. Si no tienes pasaporte ruso y “solo” tienes un pasaporte ucraniano, te expones a controles permanentes, a vejaciones y potencialmente a no poder viajar. No tener un pasaporte ruso significa en estos territorios no tener acceso ya a la atención sanitaria, al trabajo, a la propiedad: e incluso para evacuar las zonas ocupadas hacia las zonas libres en Ucrania, hay que pasar por un puesto fronterizo ruso, donde, de hecho, aquellos que han adquirido un pasaporte ruso pueden ser reclutados en el ejército de Putin.
La rusificación llega hasta la deportación de niñas y niños ucranianos que luego acaban en adopción en familias rusas en un proceso colonial clásico de aculturación. Los ideólogos del Kremlin, como los del Estado israelí, niegan la existencia misma de los pueblos que oprimen.
Contra esto, afirmamos un principio simple: toda ocupación es un crimen.
El imperialismo ruso: de la injerencia a la guerra, el continuo de la guerra híbrida
El imperialismo es una lógica global, pero en todas partes se particulariza: Rusia tiene una forma muy específica de extender su dominio. Ha llevado a cabo las llamadas “guerras híbridas” – combinando métodos militares y no militares – asociando así la guerra convencional, es decir, la guerra que moviliza medios militares “clásicos” y la ciberguerra y la desinformación.
La desestabilización de los estados vecinos de Rusia, en el contexto de discursos antioccidentales y anti-OTAN, forma parte de la política imperialista rusa, de manera similar a las operaciones de desestabilización que se identifican fácilmente en la política americana de Estados Unidos. Hablar de “desinformación” puede parecer abstracto o ideológico, pero corresponde a cuestiones muy concretas que también son materiales.
Por ejemplo, los mismos métodos utilizados para desacreditar a Zelensky se han utilizado desde 2020 en Moldavia contra el gobierno, especialmente porque el país fue reconocido oficialmente como candidato a la adhesión a la Unión Europea en 2022. En ese momento se había estimado que Rusia había comprado el 10% de los votos sobre el tema de la adhesión a la Unión Europea para poner en escena su relato en torno a la negativa a la adhesión a la UE. Para desestabilizar las elecciones legislativas de finales de 2025, los servicios de inteligencia moldavos cifran el flujo de criptomonedas invertido en 100 millones de euros. Las inversiones se coordinan con la manipulación de regiones “autónomas” que sufren específicamente la influencia rusa: es el caso de Gagauzia, una región que tiene autonomía constitucional y cuya oposición a la lógica europea se instrumentaliza contra el gobierno, o de Transnistria, una entidad autoproclamada que también está bajo el control de actores pro-rusos.
Esta acción política concreta, que se apoya en “actores locales” que están bajo su influencia, se coordina con la acción de una importante red oligárquica que participa en la financiación de la desinformación. En Rumanía la desinformación fue tal en 2024 que las elecciones presidenciales que estaban previstas se pospusieron debido a las observaciones de interferencia, especialmente puestas en escena por la agencia Adnow, que tiene su infraestructura en Rusia aunque tiene su base administrativa en el Reino Unido y que alimenta falsos medios y contenido publicitario que tienen como objetivo intervenir en el proceso democrático.
Más cerca de nosotros y de nuestras preocupaciones, la represión de las huelgas anticorrupción tras la reelección amañada de Lukashenko en Bielorrusia en 2020 es representativa de la injerencia rusa. Un movimiento de huelga general a gran escala, que redujo a la mitad la capacidad de producción del país, fue reprimido muy violentamente gracias al apoyo de Rusia: hay miles de personas detenidas, personas torturadas o «que desaparecen», mientras Rusia afirmaba poder desplegar su apoyo militar y denunciaba «la injerencia occidental» en su propaganda. El principal sindicato de la oposición, BKPP, se había posicionado en contra de la invasión de Ucrania siendo posteriormente prohibido.
En el caso de Ucrania, todas estas lógicas también están presentes, como la desinformación global sobre Zelensky y su gobierno con las acusaciones de «nazismo», cuando en realidad la extrema derecha era muy débil en Ucrania antes del conflicto. También existe el uso de “provincias autónomas” como ha sido el caso con la instrumentalización de las entidades autoproclamadas de Donbass que eran pro-rusas.
Sobre la Unión Europea: caminar por una difícil cresta
Para construir nuestro posicionamiento contra nuestro propio imperialismo, primero se trata de escuchar lo que nos dicen nuestros compañeros y compañeras en Ucrania y por qué lo dicen. No albergar ilusiones sobre lo que representa la Unión Europea y el ordoliberalismo que ha aplicado es también no mostrar ceguera a la situación concreta en los países de Europa del Este. Concretamente, aunque no proporciona «garantías» suficientes, la legislación europea siempre ofrece más garantías para las y los trabajadores que el liberalismo impuesto por las potencias europeas a Ucrania.
La perspectiva que hay que darse darse es luchar en casa contra la Unión Europea de los capitalistas y, si es necesario, considerar organizar esta lucha con las poblaciones que desean unirse a esta alianza. Esto es mucho más difícil de construir que denunciar la Unión Europea en bloque, pero también es mucho menos abstracto. Esto ya implica rechazar cualquier compromiso chovinista que consista en decir que los ucranianos “nos robarían nuestro trabajo” o “bajarían los mínimos sociales”: implica esforzarse por defender de forma concreta la idea de que la emancipación de los trabajadores y trabajadoras se hace a través de la unión por encima de las fronteras.
Lo mismo ocurre con la cuestión de las armas y el pacifismo: nuestra orientación es comparable a la de la ENSU (European Network for Solidarity with Ukraine, RESU-European Solidarity with Ukraine-Red Europea de Solidaridad con Ucrania). El desarme es principalmente el del agresor, es decir, el de Rusia. De hecho, el militarismo no es la defensa de los pueblos, es una industria que está articulada con intereses nacionales. Por lo tanto, hay que criticar la industria de armas que está orientada a las ganancias y que envía armas o componentes necesarios para la construcción de armas a Israel, Emiratos Árabes Unidos, Rusia o Arabia Saudita. Zelensky dijo cuando estaba en Francia que el 0,26% de nuestro presupuesto de armamento estaba destinado a la solidaridad con Ucrania. Lo que está muy lejos del 2% o 3% marcado como objetivo por Rearm Europe. Esta “solidaridad” es muy formal, ya que aumenta la deuda ucraniana, y será una herramienta para imponerle acuerdos comerciales que le serán desfavorables y permitirán el enriquecimiento de las potencias que ya han podido vender su producción militar.
En resumen, defendemos la socialización de la industria armamentística bajo control democrático, para que la producción sirva a las necesidades de los pueblos y no al beneficio.
Solidaridad concreta, no fantasmagórica
La solidaridad internacionalista no es una postura moral. Se expresa en los actos, que son concretos y se declinan a diferentes niveles: esto incluye ayuda material, apoyo a las redes militantes, pero también campañas como BDS para Palestina o la participación en las campañas de colectivos internacionales como la ENSU. Nuestra corriente política forma parte de esta tradición: la que llevaba maletas para Argelia, ayudó a construir hospitales en Vietnam durante la guerra de independencia, imprimió folletos para Solidarnosc o instaló imprentas clandestinas en Portugal y Sudamérica.
Nuestra historia y nuestra tradición son trabajar con las y los compañeros que luchan, con las corrientes que se organizan y que resisten. Damos a conoceer sus luchas, participamos en ellas concretamente, incluso con una pequeña organización rusa, Ilya Boudraeski, que intenta existir y resistir. Si hemos podido hacerlo, es porque fuimos allí en 2014 y hemos construido vínculos a través de la 4a internacional con pequeños movimientos radicales que forman la oposición de izquierda: son círculos jóvenes, a menudo anarco-libertarios, feministas, ecologistas, no sectarios. Y son estos vínculos los que nos permiten hacer más que dar discursos frente a la guerra. Y también hoy, trabajamos con compañeros ucranianos, palestinos, feministas y sindicalistas, para establecer vínculos directos “desde abajo”, independientes de la diplomacia oficial. Nuestro análisis de la situación y de nuestras tareas militantes se basa en estas relaciones.
Estar en contra del imperialismo no puede confundirse con reivindicarse de un pacifismo abstracto y desencarnado. Como dice nuestra compañera Katya, negarse hoy a dar a la gente los medios para armarse es preferir revolucionarios muertos o en prisión bajo ocupación rusa. La paz que Rusia quiere imponer en Ucrania, como la que Israel impone a Gaza, es solo una paz de cementerio. Estamos por una paz justa, basada en el fin de las ocupaciones y la derrota de los agresores.
Esto supone un apoyo concreto: envío de armas para la resistencia, pero rechazo del rearme generalizado de la Unión Europea. Nuestra consigna es: “armas para Ucrania, no para Israel”.
Hacer vivir el internacionalismo
Nuestras y nuestros compañeros de Ucrania, Rusia, Kurdistán, Kanaky, Palestina, así como de América Latina o África, construyen un internacionalismo del siglo XXI: feminista, anticolonial, autogestionado.
Las y los zapatistas, desde 2022, han mostrado el camino apoyando la resistencia ucraniana a la vez que condenaban el imperialismo ruso y la OTAN. Esta es la misma postura que llevó a los zapatistas a afirmar también su oposición inmediata en 2023 cuando Israel lanzó su ofensiva contra Gaza. Mantenemos la misma postura. Ante el aumento de los nacionalismos, los repliegues identitarios y el militarismo, nuestra tarea es clara: vincular las luchas, hacer oír las voces de la resistencia, rechazar todas las jerarquías entre las víctimas y los pueblos.
Como escribió Dmitriy Petrov, anarquista ruso caído luchando junto a la resistencia ucraniana en la carta que dejó a sus amigos y compañeros en testamento: “como anarquista, revolucionario y ruso, consideré necesario participar en la lucha armada del pueblo ucraniano contra los ocupantes de Putin. Lo hice por la justicia, para defender a la sociedad ucraniana y para liberar a mi país, Rusia, de la opresión. Lo hice por todas las personas que han sido privadas de su dignidad y de la posibilidad de respirar libremente por el nefasto sistema totalitario creado en Rusia y Bielorrusia. Otro significado importante de la participación en esta guerra es establecer el internacionalismo a través de nuestro ejemplo. En un momento en que el imperialismo asesino provoca como reacción una ola de nacionalismo y desprecio por las y los rusos, afirmo en palabras y hechos que no hay “malas naciones”. Todas las naciones tienen una desgracia: líderes codiciosos y sedientos de poder”.
Esta carta no puede dejar de recordarnos la carta de Manouchian (militante armenio de la resistencia en Francia que fue fusilado por los nazis ndt) que escribió antes de ser ejecutado: “Me había alistado en el ejército de la Liberación como soldado voluntario y muero a dos dedos de la victoria y de la meta. Felicidad a los que nos sobrevivirán y probarán la dulzura de la libertad y la paz del mañana. Estoy seguro de que el pueblo francés y todos los luchadores por la libertad honrarán dignamente nuestra memoria. A la hora de morir proclamo que no tengo odio contra el pueblo alemán ni contra nadie, cada uno tendrá lo que se merece como castigo y como recompensa. El pueblo alemán y todos los demás pueblos vivirán en paz y fraternidad después de la guerra que ya no durará mucho. ¡Felicidad! ¡A todos!”
Asumir las responsabilidades, incluso cuando esta posición es dura, incómoda, cuando sacude convicciones que no habíamos confrontado con la realidad del mundo. Esto es también lo que defendemos y es para nosotras y nosotros la única forma de mantener esta coherencia política internacionalista, inscribiéndonos en todas partes del lado de la resistencia anticolonial y antiimperialista.
Mirar las situaciones concretas y pensarlas para poder mantener esta brújula revolucionaria e internacionalista. Queremos entender el mundo para cambiarlo.
Revista L’Anticapitaliste n° 171 (noviembre de 2025)
https://lanticapitaliste.org/actualite/international/les-internationalistes-face-aux-guerres-tenir-les-deux-bouts
Traducción: Faustino Eguberri
